Por estos días en los que vuelven a pasearse por la ciudad los autos clásicos y antiguos, cómo no recordar al visionario y excéntrico empresario antioqueño que trajo el primer automóvil al país.

Carlos Coriolano Amador visto por el fotógrafo Benjamín de la Calle Muñoz en 1914. Cortesía Biblioteca Pública Piloto / Archivo Fotográfico

 

Por: Luz María Montoya Hoyos

 

Quien crea que las primeras excentricidades que se vieron en Medellín fueron protagonizadas por la mafia en los años 70 y 80 del siglo XX está muy equivocado. Un siglo antes, la ciudad no solo tenía al hombre más rico del país sino al de conductas más estrafalarias, gracias a las cuales la Bella Villa se entretenía en una época en que la mojigatería y la austeridad aparentes de patriarcas y matronas paisas dominaban la agenda.

Homónimo de un general romano y una tragedia de William Shakespeare, Coriolano Amador Fernández tenía una personalidad tan llamativa como su nombre. Emprendedor e innovador 150 años antes de que estas palabras se pusieran de moda hasta el desgaste, arriesgado, culto, políglota, liberal, anticlerical, irreverente, sagaz; autodidacta en derecho civil, comercial y minero, protagonista de litigios de los que solía salir ganancioso, desarrollador de acueductos y alcantarillados cuando pocos sabían que existían; amante de pasar largas temporadas en Europa y en Estados Unidos, del lujo, las mujeres, las buenas maneras y de replicar en sus casas y estilo de vida la arquitectura, decoración y modas europeas, Amador fue el personaje más representativo de Medellín entre 1890 y 1919 –año de su muerte–, en opinión de varios historiadores. Como buen pionero, fue además el primero en traer un cinematógrafo y un telégrafo a la ciudad.

Aparte de dinero, heredó de su padre, el cartagenero Sebastián José Amador, gobernador de Antioquia en 1851, sus facetas más destacadas: la vena de negociante en distintos frentes, la afición por la política –Coriolano fue concejal y diputado– y, por supuesto, el espíritu fiestero de la Costa Atlántica. No en vano aún se habla de las rumbas portentosas con mujeres de la vida alegre en su finca Miraflores, del barrio Buenos Aires, donde años después quedaría la Casa de Ejercicios de Loyola. Dicen algunos historiadores y descendientes, que las fiestas duraban hasta dos semanas durante las cuales la fuente no vertía agua sino champaña y era imposible conseguir músicos en la ciudad pues todos estaban contratados por Coro, como le decían sus amigos, “el burro de oro”, como lo denominaban sus adversarios o “el raquítico mental”, como se referían a él sus parientes políticos.

ENTRE LUJOS Y TRAGEDIAS

Minero y comerciante, principalmente, Carlos Coriolano Amador nació en 1835, estudió en Jamaica y en Inglaterra y durante los 84 años que vivió marcó una huella que sigue fresca en la memoria colectiva y en obras concretas como Guayaquil, la carretera Medellín- Santa Elena y Puente Iglesias (Jericó), entre muchas otras. Incluso hoy, a tres años de conmemorarse el centenario de su muerte, su tumba es una de las más visitadas del Cementerio Museo San Pedro, no tanto por ella, pues es discreta, sino por estar al frente del hermoso mausoleo que levantó en honor de su único hijo hombre, José María, muerto a los 24 años, según las malas lenguas por una tuberculosis que atribuyeron a su vida licenciosa y no por una simple gripa como lo informó la familia. En él resalta una escultura francesa que en muchos despierta fervor: Madre que llora a su hijo. Esta obra dio pie a la creencia de que la madre del joven heredero había muerto de dolor sobre su tumba, y no faltan los visitantes que le recen y pidan favores. Lo cierto es que doña Lorenza murió 27 años después de José María, tras haber perdido la razón.

Mausoleo de José María

Mausoleo de José María, hijo de Coriolano. Uno de los más visitados en el Cementerio San Pedro. Foto Mario Valencia.

La muerte del joven Amador el 18 de noviembre de 1893, fue, sin duda, la mayor pena que tuvo Carlos Coriolano, quien de paso enterró la esperanza de perpetuar su apellido, toda vez que le quedaron seis hijas. Quiso entonces inmortalizarlo con una efigie en una de las plazuelas de la ciudad, pero el Concejo Municipal denegó su petición y debió resignarse a erigir la estatua en el jardín de su casa. No obstante, el desquite vendría con la pomposa misa del segundo aniversario de la muerte, para la cual encargó a los maestros Pedro y Gonzalo Vidal la composición y ejecución de un réquiem. Ya había hecho del matrimonio de José María con Sofía Llano, en 1892, el más fastuoso acontecimiento social de Medellín al importar para los contrayentes un coche francés que a duras penas cabía por las estrechas calles, tirado por hermosos caballos y guiado por un mozo vestido como ujier de la nobleza gala.

La suntuosidad de sus casas de Medellín quedó eternizada en las fotos de Melitón Rodríguez o Benjamín de la Calle, aunque también tenía residencias en los Campos Elíseos, en París; en Nueva York, Amberes, Brujas, Bruselas, Kingston, Schaerbeek, Cartagena, Mompox, Bogotá y Santa Fe de Antioquia. Vivía en el llamado Palacio Amador, situado a una cuadra del Parque Berrío, en Palacé con Ayacucho, mansión de tres niveles diseñada por el arquitecto italiano Felipe Crosti. Todo en ella convocaba a la novelería: a través de la reja de hierro forjado, los curiosos podían ver los espléndidos jardines, las fuentes donde nadaban exóticos cisnes negros, e intuir los vitrales de Bélgica con las figuras de los miembros de la familia Amador, los diferentes salones para orquesta, baile, brandy, té y protocolo; las habitaciones independientes, el piano de cola, la escalera de mármol de Carrara, las lámparas de Baccarat, el mobiliario de Thonet y de Chippendale, las porcelanas de Sevres, las alfombras de Aubusson, la preciosísima vajilla azul ganadora de una exposición internacional, y un sinnúmero de elementos más traídos del viejo mundo.

El lujo no se limitó al Palacio Amador, que para 1938 sería el Hotel Bristol. Fue célebre también su regalo de bodas para José María, un palacete neoclásico encargado al arquitecto francés Charles Carré, en el Paseo La Playa. Más tarde se convertiría en el Palacio Arzobispal y años después sería demolido para construir la Avenida Oriental. Hoy se levanta en su lugar el edificio Vicente Uribe Rendón.

Avenida Amador. Una imagen tomada en 1928 por Benjamín de la Calle Muñoz. Cortesía Biblioteca Pública Piloto / Archivo Fotográfico.

 

"Resulta paradójico que se le recuerde, sobre todo, por la más malograda de sus importaciones: el automóvil”.

EL CAPRICHOSO DE DION-BOUTON

Con un don equiparable al del Rey Midas, don Coriolano se caracterizó por su buen ojo para los negocios y las inversiones que multiplicaban sus ganancias. Por eso resulta paradójico que se le recuerde, sobre todo, por la más malograda de sus importaciones: el automóvil De Dion-Bouton que trajo en 1899 de uno de sus seis viajes a Europa y el primero que llegó al país. Era un último modelo de color rojo, con capacidad para dos personas (algunos, de manera socarrona, decían que era para cinco: dos adentro y tres empujando), transportado con enormes dificultades por la ruta París-Barbosa, chofer y gasolina incluidos, primero en barco por el Atlántico, luego por el río Magdalena y después a lomo de mula. Desde esa población del norte, don Coriolano quería entrar orgulloso a Medellín a bordo del primer coche sin caballos que se vería por estas tierras, pero este, caprichoso, se negó a funcionar por las empedradas vías, por lo que hubo de llegar en hombros. Ya en la ciudad, con dueño y chofer adentro, anduvo poco más de una cuadra entre humo y explosiones, trayecto suficiente para generar un gran alboroto entre los devotos que salían de misa de doce de la iglesia de La Candelaria ese domingo 18 de octubre, causar el pánico de caballos, cocheros y chalanes y romper la monotonía de la villa. Como a las pocas horas empezó la Guerra de los Mil Días, no faltó quien la atribuyera a un influjo siniestro del extraño aparato y le bautizara como “el caballo del demonio”.

Es incierta la suerte que corrió el De Dion-Bouton, pero, como su propietario, siempre fue objeto de habladurías: algunos cronistas aseguran que, frustrado, don Coriolano le dio sepultura en el jardín de su residencia, no sin antes aprovechar como loción los siete galones de combustible con que llegó de Francia y devolver el chofer a su país natal. Otros narran como en 1905, después de varias reparaciones, se exhibió en el hipódromo y centro de diversiones conocido como el Frontón de Jai-Alai y que al dar la vuelta por la pista, entre las aclamaciones de la multitud, produjo “más ruido y humo que una locomotora”, según lo describe Enrique Echavarría en su libro Crónicas e historia bancaría e Antioquia. Adentro iba Carlos Coloriado con sombrero de copa y flor blanca en el ojal. El auto regresó empujado a casa.

EL ZANCUDO DE LA SUERTE

Como la plata llama a la plata, y en su caso al oro, en 1864 don Coro hizo el mejor negocio de su vida al casarse con Lorenza Uribe Lema, heredera mayoritaria de la fabulosa mina El Zancudo, en Titiribí, suroeste antioqueño. Gracias a la tecnificación que invirtió en ella, en pocos años era la mina más productiva del país, una próspera empresa con fundición, banco propio y billetes que llevaban la imagen del “amo de oro”, como se le comenzó a conocer al señor Amador. 

Pero El Zancudo no fue la única herencia que aprovechó de su suegro, el político ultraconservador José María Uribe Restrepo. De acuerdo con el profuso inventario que enumeran los investigadores Luis Fernando Molina y Ociel Castaño en su publicación El burro de oro, Carlos Coriolano Amador, empresario antioqueño del siglo XIX, a los bienes propios sumó varias casas en la calle del comercio (Palacé), un inmenso terreno en lo que después sería Guayaquil. La hacienda Miraflores y otras fincas, casas, carboneras, plantaciones, muebles, ganado y lotes en diferentes municipios.

Aunque a todos les sacó partido con su inagotable olfato empresarial, vale destacar la recuperación que hizo de ese fango inhabitable que era Guayaquil. Mediante drenajes y sofisticadas obras de ingeniería logró hacer del malsano pantanero, siempre anegado por el río, un sitio apto para la construcción, y valorizarlos como a nadie se le había ocurrido. A renglón seguido encargó al arquitecto Carré la edificación de las más modernas plazas de mercado cubierta de la que se tuviera noticia en Colombia.

Palacio Amador, En Ayacucho con Palacé.

Palacio Amador, En Ayacucho con Palacé. Una imagen tomada en 1912. Fotografía Rodríguez. Cortesía Biblioteca Pública Piloto / Archivo Fotográfico.

Con bombo, platillos, discursos y bendiciones de autoridades civiles y eclesiásticas, con la asistencia de la alta clase social pero sin la presencia de don Coriolano, quien andaba de viaje, fue inaugurada entonces en 1894 la hermosa Plaza de Mercado de Guayaquil, con ocho calles nuevas trazadas a su alrededor, lo cual motivó a otros ricos de Medellín a invertir en el sector, tanto en vivienda como en comercio y talleres. La plaza, de 80 metros de ancho por 20 de largo, era de estilo francés “con armazón de madera de comino escogido y ladrillos pegados con calicanto; con treinta y una puertas de hierro, tres estatuas de bronces traídas de Francia, ocho entradas para bestias al interior, un kiosko con una fuente y sus asientos cómodos para señoras y paseantes, y doce excusados con sus pedales respectivo y abundante agua”, tal como lo describe Jorge Mario Betancur en su libro Moscas de todos los colores, con base en periódicos de la época.

Pero surgió lo inesperado. Las bendiciones inaugurales no pudieron contrarrestar la capacidad infinita de Medellín para tugurizar los espacios públicos, y un años después la plaza y sus alrededores estaban convertidos en un maloliente muladar, sanitario, basurero al aire libre. Sede de rebuscadores, estafadores, rateros, pordioseros, bebedores, prostitutas y mil personajes más. En resumen, Guayaquil se guayaquilizó de una vez y para siempre, para finales del siglo XIX, lo ilusos que se habían ido a vivir allí emigraron para el naciente barrio de Villanueva, dejando atrás sus devaluadas propiedades. Don Coriolano, sin embargo, una vez más había aumentado sus ingresos.

Muchas historias se tejen alrededor de “el burro de oro”, en las que la realidad y la fantasía pierden sus linderos. Se cuenta que se codeaba con la nobleza europea, que hasta le regaló un sopera de oro macizo de la mina El Zancudo a Alfonso XII de España durante uno de sus viajes, que su hijo José María Alcanzó a dejar un nieto, pero que murió de un año, contagiado por su mismas enfermedad; de dice del asesinato que cometió por celos contra un primo de su esposa, se habla de que sus últimos años fueron tristes, aunque jampas le faltó dinero. De lo que si nada se ha dicho es que su fantasma se haya sentido alguna vez por Palacé con Ayacucho. se explica, pues del Palacio Amador no queda nada, excepto un deprimente edificio carente de una placa que recuerde que alguna vez vivió allí uno de los empresarios que más contribuyó al desarrollo de Antioquia. si acaso don Coriolano se atreve a regresar por esos lares, nadie lo sentiría en medio de la bulla de las promociones de los locales comerciales, y habría de huir despavorido, espantado por los ladrones y los olores de los ventorrillos callejeros, para regresar al descanso eterno de discreta tumba.

 

Fuentes de consulta:

Moscas de todos los colores, de Jorge Mario Betancur

Cien años de la vida de Medellín, de Fabio Botero

Cien empresarios Cien historias, de la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia.

Conferencias, cátedras y recorridos de ciudad, de Víctor E. Ortiz.

Crónicas e historia bancaria de Antioquia, de Enrique Echavarría Echavarría.

El Burro de oro: Carlos Coriolano Amador, empresario antioqueño del siglo XIX, de Luis Fernando Molina y Ociel Castaño.

Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República.

Coriolano Amador: ¿Burro de oro o visionario de ciudad? artículo de Hernando Guzmán en el periódico El Pulso.

Historia de Medellín, tomos I y II. Compañía Suramericana de Seguros.