80 años pueden significar toda una vida para nosotros, pero en nuestro paso por el planeta nos acompañan seres que viven el tiempo a otro ritmo.  ¿Conoces a alguien que viviera durante la guerra de los mil días? Si has pasado alguna vez por la plazuela San Ignacio puedes decir que sí. Que conoces al menos a 7 personajes que guardaron posición mientras la historia de nuestra ciudad se escribía a su alrededor.

Mauricio Jaramillo, Ingeniero Forestal, afirma que las dos Palmas Reales, las dos Ceibas, el Guayacán, el Piñón de Oreja y el Gualanday que hoy encontramos en nuestro paso por la plazuela, ubicada entre la Avenida Ayacucho y la calle Pichincha, fueron plantados en el mismo período – alrededor de 1885- y concebidas como un complejo arbóreo que acompañaría los edificios que también estaban siendo construidos en el sector..

Han pasado más de 130 años desde entonces, y sólo podemos recurrir a las historias repetidas por nuestros viejos o a libros de historia para imaginar lo que estos árboles han vivido. Se dice por ejemplo que una de las Ceibas, la que da hacia Ayacucho, fue usada como paredón de fusilamiento cuando la plaza había sido tomada por el General Rafael Uribe Uribe durante la Guerra de los mil días. Un posible y trágico pasado al que la Ceiba responde con estoicismo.

Las dos Palmas Reales, guardianas de la Iglesia de San Antonio, han acompañado el paso a miles de feligreses que entran y salen del recinto, así como lo han hecho sus parientes, las Palmas Datileras, en cientos de Iglesias en todo el mundo como lo indica Mauricio. El Ingeniero recuerda la mención de las palmas en diversos fascículos bíblicos, en los que éstas están ubicadas al ingreso del templo de Salomón. No habiendo esta especie de palmas en Colombia para entonces, era común el uso de Palmas Reales frente a las Iglesias, cuya elevación hacia el cielo es símbolo de fortaleza y rectitud.

Un Centro verde, una ciudad verde, es la invitación a trabajar de la mano que hoy nos hace lMedellín

Al Piñón de Oreja, el Guayacán, el Gualanday y a la otra Ceiba solo podemos preguntarles por lo que han vivido en casi un siglo y medio, tiempo durante el cual la plazuela en la que están sembrados pasó de manos de militares a religiosos y luego a la ciudad; han sido testigos de romances y corazones rotos, de la graduación de cientos de profesionales que han salido con ojos soñadores por las puertas del Edificio de la Universidad de Antioquia, de declamaciones, risas, llantos y hasta del paso de dos tranvías.

Hoy en día, el barrio Prado regala a sus visitantes un paisaje urbano digno de ser retratado. El paso del tiempo se evidencia en la arquitectura de las fachadas de las casonas, pero también en la majestuosidad de sus árboles.