Era miércoles en la tarde y llevábamos un par de horas haciendo vueltas en el Centro de la ciudad. Juan me miraba desde abajo, con su manita agarrando la mía y sus ojos grandes que me repetían todo lo que él me estaba diciendo: que estaba cansado, que tenía calor, que tanto ajetreo le había aburrido un poco. Él no disfrutaba tanto como yo ese plan de ir a comprar cositas, de entrar a cada tienda y encontrar mil opciones de lo que fuera.

Juan estaba de vacaciones y no se podía quedar solito, y ese día, mientras caminábamos por la carrera 45 (El Palo), me miraba pidiendo un poco de descanso. Pensé en llevarlo a comer pastel y tomar un jugo a la Plazoleta San Ignacio para que descansara un poquito y viera las palomas. Pero cuando llegamos, esos ojos grandes que antes me miraban a mí, ahora dirigían toda su atención a la fachada del edificio que se ubicaba al lado izquierdo de la iglesia, el cual emanaba historia, grandeza, respeto y paz.

Nunca había entrado a ese edificio que tenía marcado el nombre de “Universidad de Antioquia” sobre su puerta principal.  Al cruzar el hall de la entrada con sus maquetas arquitectónicas y placas históricas, llegamos a un pasillo con escaleras inmensas que daban la espalda a un jardín con caminos de piedra y árboles más altos que el edificio mismo. Juan se sentó en el medio, disfrutando del frescor de la naturaleza, del silencio del lugar y de la vista que tenía ese patio central. Es un oasis, un oasis para todos en el Centro de la ciudad.

Mientras Juan se tomaba el tiempo para respirar y explorar las flores y el follaje, yo aproveché para acercarme a una ventanita que dejaba ver otro oasis dentro del oasis: el mundo de los libros. 

El Edificio San Ignacio alberga una de las sedes de la librería universitaria que lleva allí más de 20 años y que cuenta con una colección no solo de libros académicos, sino también de arte, literatura universal, infantil y más. Fueron esa librería, y ese lugar mágico, los que me dieron la oportunidad de regalar a Juan uno de los objetos que más aprecié yo en mi infancia: El libro de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, que ese mismo día, sentados en medio del jardín, leímos juntos por primera vez.

Esa no fue la única vez que entre al Edificio San Ignacio, declarado monumento nacional en 1982. Volví con Juan a seguir leyendo y explorando; volví con mi papá a que me contara historias de su niñez que transcurrió en ese edificio y en otros que son “como los que ya no hacen”, y que fue uno de tantos asistentes fieles a los “Martes del Paraninfo”; volví con amigos a algunos eventos culturales o académicos y a conversar sobre cuando algunos de ellos, siendo estudiantes de Periodismo de la Universidad de Antioquia hacían sus prácticas de radio en los espacios de la emisora que alberga el edificio; volví sola y he disfrutado ya de su galería, su sala de cine su segundo patio y su aula máxima, que recibe por nombre “Paraninfo” y que es el motivo por el cuál algunos le llaman así. Estos espacios y sus muchos secretos son un legado de más de 200 años que nuestros antepasados nos dejaron a todos y que podemos disfrutar y debemos cuidar.

 

Gracias a iniciativas como esta, que busca la recuperación y conservación de fauna y flora, desde 2016 se ha visto el regreso de muchas especies, por ejemplo, las mariposas Urbanus Belli, y Rethus arcius, quienes ahora hacen parte de los visitantes que día a día recorren el Centro.